Algunas veces la primera
obligación de un hombre inteligente es reexaminar lo obvio.
(George Orwell)
De la carta a un periódico:
Estimado, empiezo esta breve descripción de lo tratado en el libro Sin embargo no se mueve, con esta frase
lapidaria de Orwel. Efectivamente, puedo
hablar solamente con aquellos que sean capaces de admitir la siguiente frase
como verdadera: “la Tierra se mueve, o
no”, lo cual debería ser obvio, sin embargo no lo es tanto.
Respondo
de forma unificada a sus preguntas:
¿Con qué datos pueden afirmar que la Tierra es el
centro del universo?
¿Su idea es contraria a cualquier otro
planteamiento científico?
¿Cuentan con apoyos de la comunidad científica?
¿Consideran que la Tierra no es un planeta?
¿Su visión es exclusivamente católica?
En
primer lugar debemos diferenciar la interpretación de la realidad, de la
realidad misma. Que dos modelos, el heliocéntrico y el de Tycho Brahe
(ligeramente modificado) sean geométricamente equivalentes, es archisabido.
Pero esa equivalencia se prolonga también en varios aspectos físicos. En ese
sentido, comenzamos el libro refutando las “pruebas” de Galileo, algunas de las
cuales todavía se presentan como válidas.
Eso ya es bien conocido. Ya en 1975, Carl E. Wulfman (University of the
Pacific) en su carta a Mr. Roush (citado en “Galileo to Darwin” por P. Wilders,
Christian Order, April 1993, p. 225.), decía: “He dicho en mi clase que si
Galileo tuviera que afrontar el juicio de la Iglesia en los tiempos de Einstein,
perdería su causa por argumentos mucho más fuertes. Puede utilizar mi nombre si
lo desea.”
En el mismo sentido, nada menos
que el P. Walter Brandmüller, el Presidente del Pontificio Comité de Ciencias
Históricas decía recientemente:
“La condenación de
las posturas de Galileo sobre la posición fija del sol y el movimiento de la
tierra, que es tan a menudo descrita como un error del Magisterio de la
Iglesia, es probada bajo la investigación más detallada como justificada en su
tiempo… Más
todavía, los hallazgos científicos más recientes reivindican la Iglesia de 1633”.
En ese sentido, en la actualidad
se utilizan, como modelos válidos, los geocentrismos de Fred
Hoyle, Einstein, Thirring, Rosser, Bondi, Lemaître-Tolman-Bondi Model, Brill –
Cohen, Moon y Spencer, Møller, Brown, Nightingale, Lynden-Bell, Barbour y
Bertotti.
Nosotros,
naturalmente, junto con algunos geocentristas americanos, como Robert Bennett, doctor
en la Relatividad General por el Stevens Institute of Technology, autor del
capítulo 10 del libro Galileo Was Wrong, The Church Was Wright
I, es decir de detallada, técnica y
matemática explicación de varios argumentos a favor de geocentrismo. Asesor de
todo el proyecto del libro GWR, cuyo principal autor es el apologeta amereciano
Robert Sungenis; nosotros pues no solamente interpretamos mediante un modelo
válido la realidad, sino encima, por colmo si queréis, que efectivamente la
Tierra está en el centro del universo quien es el gira alrededor de la Tierra (por cierto, al ser la Tierra el centro del
universo, en ese sentido obviamente no es un planeta.) Todo eso
a base de extensos argumentos que abordamos en el libro.
Seguimos
pues respondiendo en el siguiente capítulo del libro a las objeciones comunes
al geocentrismo: paralaje, aberración, péndulo de Foucault, velocidades enormes
que alcanzarían los límites del universo (finito y abierto) al girar alrededor
de su centro, el tema de satélites, etc.
Para
resumir, indicamos que en este tipo de “pruebas” se comete esencialmente el
error de razonamiento consistente en aplicar malamente el modus poniendo ponens. Es decir, si P implica Q, y Q es cierto, no
se puede necesariamente deducir que P sea cierto, ya que si existe otra causa
P1 tal que implique Q, la misma realidad Q puede ser producida por dos causas
diferentes. Por ejemplo, el péndulo de Foucault va a girar tanto si la Tierra
rota, como si es el universo entero el que rota, según el principio de Mach,
etc.
A
continuación tratamos las evidencias telescópicas, no pruebas, de que la Tierra
está efectivamente en el centro. A esa conclusión ya llegaba Ewin Hubble, pero
a la cual rechazaba como un “horror”, algo “intolerable” o como un “pensamiento
depresivo”. Citamos las
evidencias de Gamma-Ray Bursts, Quasars, BLac and X-Ray Bursts, Galaxies:
Spheres of Stars around the Earth as Center, Spectroscopic Binaries and
Globular Clusters, The Sloan Digital Sky Survey, etc. Nosotros,
como admitimos aquel: “o no”, no
estamos depresivos para nada.
Pasamos
a abordar a continuación las evidencias experimentales de que la Tierra no se
mueve. Son, unos famosos otros no por ser de facto relegados a segundo planos
por ser incómodos, los experimentos de Airy, Michelson, Michelson-Morley,
Sagnac, Michelson-Gale, anomalía ARA, paradoja lunar, etc.
Todos
estos experimentos tienen una clara, evidente, interpretación geocéntrica. Para
evitarla se tuvo que recurrir a la teoría de la Relatividad Especial y luego
General, de la cual mostramos sus incogruencias y que las pruebas a favor de
tal no son concluyentes, que por otra parte es secreto a voces. Es más, más de
un doctor en física ha reconocido que solamente en los últimos años ha sabido
de la existencia de los experimentos de Sagnac (1913) y de M-G.
Ahora
llegamos a la parte más difícil para muchos. ¿Cómo es posible que hemos estado
en el error durante cuatro siglos, se preguntarán tantos? ¿Pero no es el hecho
de que la tierra orbita alrededor del sol realmente
un hecho incuestionable, que no admite discusión, archiprobado y sabido? Pues
no. Lo difícil en toda esta cuestión es dar su brazo a torcer, reconocer que
tal vez (incluso eso) la ciencia (¿sería
la primera vez?) se ha equivocado. Al final, se trata de una prueba de
honestidad intelectual y valor. Porque, comprenderá, decir esto significa
exponerse a un escarnio voluntario para el que muchos no ven sentido, no saben
por dónde cogerlo, ¿está loco?, ¿es un fideísta?, ¿se le ha ido la cabeza?,
¿quiere ganar dinero aunque le den por todos lados?... Aquí no cuadra nada,
excepto la búsqueda apasionada de la verdad.
Retamos,
junto con otros geocentristas, a la comunidad científica a que realicen en la
luna (o satélites) los experimentos diseñados para detectar su supuesta
velocidad orbital. ¿Qué es lo que vamos a obtener? A decir la verdad, eso mismo
(aunque dando el heliocentrismo como válido) piden algunos relativistas. Pero
si los que evitan la interpretación geocéntrica de citados experimentos
recurren, como única salida, a que, sin prueba alguna, con velocidad tiempo se
dilata, la longitud se contrae, masa aumenta; no por favor, no recurrimos a esa
“física de la desesperación” como llamó Poincaré a las ecuaciones de
contracción de Lorenz.
Unos
me dicen, ¿y cómo te imaginas la Tierra “suspendida sobre vacío” sin moverse?
(De paso digo que se trata de efecto giroscopio aplicado para el centro de
masa), le respondo ¿y cómo cree usted que todo ha salido de ese “huevo cósmico”
dando por hecho que toda la materia del universo está allí comprendida de
alguna forma? ¿Y sobre qué está suspendido ese “huevo cósmico”? Para tantos
será descerebrado y ridículo lo que digo, pero para mí es sobremanera
inconsistente tal afirmación, a la cual no
tengo ni argumentos, ni obligación intelectual alguna de seguir.
Por
fin, llegamos a la parte más peliaguda (para nosotros una parte muy natural)
del asunto. ¿Qué tiene que ver esto con la religión, en concreto la católica?
Bueno, aclaramos que se trata de nuestra postura particular, que sin embargo
vemos perfectamente coherente con nuestra fe. Si la viéramos absurda, no
podríamos defenderla. Porque creemos que Dios no es capaz, siendo omnipotente,
de crear un triángulo de cuatro vértices. Es decir, Dios no puede crear un
absurdo, como tampoco puede hacer el mal. La razón no puede contradecir la fe.
Como decimos al principio de la obra: Hay algo indómito en el hombre de todas las épocas: es su sed de la verdad.
Hasta el punto de que no se puede tener felicidad sin defender la verdad. Pero
las verdades crecen en la sombra de la Verdad; son amigas de la Verdad. Es más,
es la Verdad la que impulsa al hombre a buscarla y a amarla.
Me
temo que me he extendido, tal vez la parte filosófico y religiosa es la que
menos he tratado, pero si usted lo solicita, le escribo más en otra ocasión.
Terminaré con el último párrafo del libro:
Erich Fromm
escribió su obra famosa El miedo a la libertad.
Pensamos que hay un
miedo mucho mayor, opresor e injusto. Es el miedo a Dios. Para no tenerlo, muchas veces, creemos las más de
las veces, hay que vencer el miedo a la verdad. El miedo a actuar en
consecuencia con ella. Es, en definitiva, a lo que invitamos a los lectores. A
buscarla, a encontrarla, a defenderla.
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